De la Argentina Fabricio G. Simeoni nos envía esta su colaboración:
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I
Mirar, como en los ventanales de antaño
su boca tuneada,
los trapecios del labio
supurados hasta curarla,
dormirla.
El embeleso del colágeno
la retina otoñada en el ojo del vidrio
borroso
y la hiedra del espejo
en otro vidrio.
II
La voz amorfa del heladero
congela el espacio laico
entre una palabra
y lo que queda triturado de las almendras,
se descubre si hay palito, vasito
o cucurucho…
en las bateas desmedidas
de los dientes.
III
Los viajeros del apeiron
emergen como estatuas
relajadas del puente.
El extremo de los pies
descansa,
el del puente
avizora.
IV
El escrito póstumo del filamento
en su efluvio
la rezaga.
Los presagios del embate
en el aire
del cometa,
no consuman la erección
aunque llueva esta tarde
sobre los caminos empedrados
del pómulo.
V
Molusco vengador
en las ruinas auxiliares del sótano
un vestido sazonado
y el parquet que antes encajaba
en las falanges
ahora sólo vacila impalpable
sobre los rieles del agua
mitigada.
VI
Pasó la inundación
sorteando el punto más neurálgico
de la nuez
una escuela vacía
y la baba
de la portera.
Son más inermes
los dilemas de la evacuación
como anaqueles flotando
en la frente.
VII
Lo que uno olvida
cuando despierta,
la voz que nos duerme…
enrojecidas válvulas de cascadas
al interludio y ese salto
con raíz fornida
en los huecos.
VIII
Su hospedaje en Cuzco
el diapasón del tiempo
o un toro sangrando
por la hendidura de la piel
arremetida en lo que quería ser
cuando sea grande,
y el signo de su epitafio
en el viaje de vuelta.
IX
Fueron muchos los relojes atrasados
las agujas detenidas,
los resabios de la liendre inmemorial
enredada en su trenza justa
las habas del tarugo en la pared
y la necesidad
de que pase algo
antes del yeso.
X
Como zánganos narcotizados
buscamos guarecernos
en los confines del molde
para salir
y estar adentro.
XI
El pan se hizo escarcha
cayeron las migas
itinerantes,
sobre los pedazos de jardines visibles
en mayo
y fue la vergüenza del pasto
su profecía diligente,
el borde del vientre
nuestra ceremonia casual.
XII
Siempre había un triciclo hundido
en la pelopincho
parecía ser el mismo…
el que alguien usó de chico
en los pasillos de la casa vieja,
el mío.
El cirujano plástico
nunca pudo entender
el advenimiento de las bicicletas
con cambios y canastos.
XIII
Las hormigas coloradas migraron
hacia el envite de los rezagados,
con las partículas oblicuas
haciendo sombra
como sombras
de todo estupor fragmentado
que cargamos en contra del viento.
XIV
Ditirambos de ajuar
en las cortinas moderadas
artificios
vuelven los muertos
a la sinagoga
una imagen dadaísta partida
por la indulgencia del tabique
manoseado.
XV
La veda de puertas abiertas
nos encierra
enclaustra las formas
nos divulga súbitos
a las masas
soporta los ruegos de un niño fenecido
lo inquieta
hasta devolverle
un globo con gas.
XVI
El pulso dactilar
del sapo flagelado
en el puerto del altar
impulsa la orina
por decantación y sueño
hacia los recreos
de la colección de ranas
estacadas
o transigentes
al cauce.
XVII
Soliloquios del fantasma
en la disidencia del mar,
nos dispensamos a la oscuridad
del hinojo y algo que exista
se vuelve irresistible
por cualquier conducto
donde pase un tren
o la vía sangre.
XVIII
Bajo el sopor de la sisa
habrá un descanso…
-lo de siempre-,
quizá perdure el trance c
omo un manojo de lanchas anfibias
en las rejillas del cuerpo.
XIX
Desnudarse en óseas y surgidas máscaras
los indicios del gesto
un elefantito de marfil
y las pisadas del tiempo
socavado
desprestigian la sesión.
XX
El fin del mundo en sus pañales,
sopesando lo que añade
Mater Matuta
en las periféricas bastillas
de una mañana habitual.
Los chicos juegan como animales
por el resto de luz,
hay menos alguaciles
entre el alambre
y la lluvia.
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